Gracias y perdón

Un universo de emociones

Finalmente el resultado del Test NACE (analítica en sangre) y el resultado de la biopsia corial fueron los (terriblemente) esperados. A pesar de que nuestro riesgo era 1:10, la china tocó y fuimos el uno. Las nueve chicas restantes lo contarán como un susto.

Se confirmó la trisomía 21 que, según nos explicó el médico, probablemente, a la vista de los marcadores ecográficos, iría acompañada de otro tipo de malformación y/o cardiopatías. Era posible que la bebé, de manera natural, no llegara a término. Pero todo esto eran sólo especulaciones más o menos probables. La única certeza, por ahora, era la trisomía, y, en base a ella teníamos que decidir.

En los días de espera de los resultados habíamos ya hablado y “rehablado” sobre qué haríamos si se confirmaban los peores pronósticos. Lo estudiamos desde todos los puntos de vista, desde todo nuestro amor al bebé y desde todo nuestro deseo de ser felices. Y decidimos que no seguiríamos adelante con el embarazo por ella y por nosotros. Esta decisión nunca es clara, es la decisión más amarga que hemos tenido que tomar y nos hizo y nos hará sufrir mucho. Pero fue nuestra decisión y tendremos que aprender a vivir con ella.

A partir de ahí debíamos decidir cómo interrumpir. De nuestro tiempo de gestación (14 semanas) hay dos métodos. Uno es una especie de legrado por aspiración. De esta forma te ponen pastillas para dilatar lo suficiente como para introducir el aparato de aspiración. Cuando has dilatado te anestesian y llevan a cabo la intervención. El otro es la inducción al parto. Este proceso es mucho más largo y doloroso para la madre pero menos invasivo para el útero y para el feto.

Nosotros preferimos el segundo. Queríamos proteger el útero en la medida de lo posible y, además, yo sentía que quería que mi bebé saliera de mí de forma natural. El dolor físico solo iría perfectamente a juego con lo rota que me sentía por dentro. Quería que así fuera nuestra despedida.

Finalmente fue una inducción que duró 20 horas. Las últimas 6 con mucho dolor a pesar de la morfina. Cuando creía que no aguantaba más y que tendríamos que ir al legrado a pesar de todo, llegó una doctora que me exploró causándome un dolor inhumano al que siguió la rotura de la bolsa y unos minutos después solo silencio. Noté como salía de mí algo y los sanitarios se miraron, empezaron a susurrar. No sabían qué hacer hasta que me dijeron lo que ya sabía, que ya había expulsado al feto. No quisimos mirar, solo llorar, llorar como nunca había llorado. Así hasta que se la llevaron.

El dolor físico seguía (las contracciones) porque aún no había expulsado la placenta así que, por fin , me durmieron y me hicieron el legrado. Estuve un día más en el hospital hasta que recuperé un poco de fuerza y dos días más tarde del ingreso nos dieron el alta.

Desde que todo esto empezó a torcerse vengo pasando por distintos estadios. Voy y vengo por días, por momentos.

El primero, sin duda, fue El mundo de mierda. Porque si cada análisis de sangre, si cada visita a médicos lejanos, si cada inyección de hormonas, si cada espera en la consulta de Juana, si cada buena y mala noticia, si cada esfuerzo que hemos hecho ha servido solo para conducirnos al peor momento de nuestra vida, a la decisión más dura, al instante más desgarrador en que nuestro bebé salía de mí para no vivir, esto no puede ser otra cosa que un mundo de mierda. Un mundo injusto que termina imponiendo su voluntad de mierda aunque intentemos controlar cada variable. Que te da esperanzas para luego lanzarte al vacío más profundo, más inhumano. Hemos perdido la inocencia. Las cosas muy malas a veces suceden. Y no siempre a otros.

Con el paso de los días se ha ido imponiendo la lágrima perpetua. La rabia ha dado paso a una pena enorme. Porque nuestra pequeña ya no está dentro de mí, porque la siento sola y me siento sola sin ella. Porque estaba embarazada y así, de repente, ya no lo estoy. Porque tachábamos los días y ahora los días no me importan, no nos llevan a ningún destino.

Pero también hay otros momentos, de esperanza, de aprendizaje. En mitad de toda esta basura, de este sinsentido, encuentras que pasa algo gracioso y te ríes, que te comes un trozo de jamón o de sushi y disfrutas, que te sientes querida con los mensajes de ánimo de las personas que lo sienten de verdad, que mientras tengas fuerza física podrás correr, desfogarte, vivir. En definitiva, que hay hostias enormes, terribles, como la nuestra pero se sigue, por lo menos, respirando. Y en ese seguir respirando incluso encuentras algún momento bueno.

Y, por ahora, no me puedo o no me quiero exigir nada más. Lloraré cuando quiera. Me enfadaré cuando quiera. Y, ojalá, cada vez más, de vez en cuando sonría.