¿Qué fue de la esperanza?

En algún momento de esos días que nos pasamos intuyendo que lo peor iba a confirmarse, mi novio me lanzó un chaleco salvavidas.

“Estas navidades no las pasamos aquí. Nos vamos lejos, donde quieras”.

Qué bien me conoce el tío…Supo exactamente lo que necesitaba oir para no caer del todo. Un plan diferente, unrelated, que no esté en la categoría reproductiva, que nos motive y nos enseñe que hay un mundo fuera, ajeno a todo este lío.

Así, mientras me hacían efecto las pastillas para dilatar, mi madre y él se turnaban leyéndome un blog de viajes y yo intentaba trasladarme a ese país verde, caluroso y emocionante. Luego, en cuanto salí del hospital me hice con una guía de Sri Lanka y ocupé mi mente un ratito cada día en planear el viaje. Sinceramente, no sé que habría sido de mí en esos momentos sin tener un objetivo.

Aunque solo fuera por eso, nuestro viaje habría merecido la pena. Pero ha sido por mucho más. Para variar mis preocupaciones en este mes han sido si veríamos leopardos, si encontraríamos un hotel sin arañas o que playa sería la más chula. Nada de divisiones embrionarias. Nos hemos cuidado. El uno al uno y el uno al otro.  Y el país nos ha regalado paisajes preciosos y personas encantadoras, y distancia…distancia con nuestra vida del último año.

Claro que por lejos que nos vayamos, en nuestra mochilita siempre se cuela la infertilidad y cuando un día nos dijeron que estábamos en el paraíso de la Medicina Ayurvédica, los dos, aunque perezosos, pensamos que deberíamos ver cómo trataba esta gente nuestro problemilla.

Así acabamos en la consulta de un médico cingalés que después de agarrar mi dedo índice durante 10 segundos con los ojos cerrados y hacer lo propio con el dedo índice de mi chico concluyó cual era la causa de nuestros males. Era yo. “Too much fire inside, too much acid”. Mi novio estupendo. Da igual el médico que diagnostique y la medicina que practique, el problema siempre soy yo. La buena noticia, tenía solución. Tenía que llevarle una muestra de orina en un botecito de crema para los pies que lavó y me dio, me haría unas hierbas a medida y embarazo garantizado me dijo. Buffff. La yo de antes habría entrado por ese aro y por todos los que quisiera ponerme ese señor morenito tan simpático. Pero yo no soy la de antes.

Desde que empecé con esta historia re-productiva (aunque no muy productiva de momento) no podía dejar de investigar, leer y buscar alternativas sobre el tema. Al principio, cuando todo podía ser aún “normal”, investigué acerca de síntomas ovulatorios, posiciones sexuales fértiles e infusiones varias que ayudaran a hacer diana. Con los siguientes pasos empecé a tener un expertise en inyecciones, medicamentos y conteo de folículos. Y en los últimos tiempos terminé buscando médicos en la conchinchina, problemas inmunológicos y terapias alternativas de toda clase.

¿Y ahora? Ahora creo que he olvidado todo lo que aprendí, ya no recuerdo si mi problema eran las cardiolipinas, en qué día mide cuánto un folículo o si las alcachofas deben comerse en fase preovulatoria. Nada. Reset. Ahora, diligente, hago lo que me dice mi médico de miniFIV sin darle muchas más vueltas.  De vez en cuando alguien me habla de doctores “milagro” y yo asiento con poco interés y doy las gracias. Me quedé sin fuerzas para más intensidad.

Así que, querido médico ayurvédico, no me voy a llevar sus hierbas. Me pilló tarde. Me falla la esperanza.

Por cierto, en mitad de esa islita recibí un correo anunciándome que mi blog había sido nominado a los premios Madresfera 2016 bajo la categoría de Infertilidad. Me hizo ilusión la nominación pero en cuanto a la categoría habría preferido que lo nominaran en el grupo de blogs de lactancia. Mi chico, sin embargo, está ilusionado. Cree que el premio puede ser un bebé. No creo, la verdad, pero por si las moscas os dejo el enlace para votar.
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No perdamos la esperanza de que vuelva la esperanza.