Feliz cumpleaños yaya

Güeli, yaya, agüe, abuelilli…todos estos eran tus nombres. Creados para decirte Te quiero en cada frase. Porque cuánta necesidad tenía de abrazarte, de estar contigo, de oírte y de olerte.

Envuelta en tu bata rosa con los bolsillos llenos de pañuelos, tan pequeñita pero tan enorme, nos despedías desde la puerta de tu casa. A mí se me partía el alma cada vez. De niña porque te echaba de menos antes de haberme ido y de mayor porque me daba tanta pena que tú nos echaras de menos…

Qué distintas somos güeli…Tú estoica, sacrificada, no te fatigabas nunca. Siempre pensando en hacernos la vida más feliz a todos, llenando nuestros estómagos de las mejores migas con chocolate, churros como no he vuelto a probar, croquetas, tortillas como ruedas de carro, hasta tus sopas de fideos eran extraordinarias. Y sin admitir nunca un gracias. Cuando se me ocurría decirlo hacías como que me pegabas con la sartén :

Te , te , te hundo!! A mí con gracias…

Disfrutar nunca fue tu objetivo, ese es un capricho de mi generación. Pero llevabas con sonrisas tus derrotas, con resignación tus penas y fuiste sembrando a tu alrededor, sin querer o queriendo, un reguero de personas que te adoraban.  Me daba tanto orgullo cuando me preguntaban en el pueblo aquello de :

¿Y tú de quién eres?

Nieta de Isabel, respondía yo más ancha que larga. Y a partir de ahí siempre había comentarios. Que si tu abuela me sacó de pila, que si me dio de comer en la guerra etc.. Yo pensaba por aquel entonces que los adultos eran todos ejemplares por definición pero el tiempo te fue colocando en tu sitio.

La adolescencia me trajo mucha tontería y, casi sin querer, otras citas ocuparon mis días hasta dejar muy poquito tiempo para verte. Si pudiera volver atrás, qué no daría yo por pasar una tarde contigo en el sillón.

Tu última época, sin embargo, me pilló más adulta. Ya era consciente de lo valiosos que eran los ratitos que me quedaran contigo así que intenté apurarlos. Tú ya no estabas igual, tu memoria se había ido, pero seguías teniendo la misma risa, el mismo corazón y a mí me sobraba con eso. Sufrí al ver cómo te deteriorabas pero también agradecí que nos dejaran tenerte cerca año tras año. Yo no quería que te fueras nunca. Me daba pánico, pensaba que no podría encajarlo. Pero el día llegó, te fuiste tranquila, dando tiempo para despedidas y yo ví que, en realidad, te llevabas yendo hace tanto tiempo que el final fue solo natural. Me dejaste una buena paz, me ayudaste tú misma a superar tu muerte.

Luego llegó esta vorágine infértil. Las pruebas, la obsesión, las prisas y yo te pedía cada noche que nos ayudaras, que hicieras que funcionara el próximo intento. Qué idiota, como si no supiera perfectamente que si de ti dependiera no me habrías dejado derramar la primera lágrima.

Ahora te pido otro tipo de ayuda, yaya. No dejes que te olvide. No dejes que me olvide de cómo me estrujabas la mano hasta hacerme daño “de lo que me querías”, de los cuentos de alforjas y pelos voladores, de cuando tenías miedo de “contagiarme la vejez”, del mejor burro sin manta, del ¿y qué dedo me corto?, del sabor de tus comidas, de tu abrazo, de tu hijita querida, de la curianita…

Y quizás, solo con eso, todo sea un poco más llevadero.