Canto al miedo

 

Pues bien…finalmente el viernes día 18 de enero tuvimos la transferencia. Mi mayor miedo (después de la última experiencia) era que los embris no desvitrificaran correctamente así que cuando la doctora nos dijo que estaban estupendos pensé: “Ya tenemos todo controlado”. Jaaaa, si es que no aprendo.

Le había pedido además a mi doctora que me hiciera una prueba de transferencia un par de horas antes de la real para que se fuera familiarizando con mis partecitas más internas porque ella nunca había llegado más allá de donde llega el ecógrafo y claro, y si tengo algún obstáculo más adelante…Esto es en realidad un trauma derivado de la transferencia de nuestro Supercampembri en la que Juana, supuestamente la master del universo de las transferencias, se tiró 10 minutos hasta que consiguió dejar los embriones en su sitio. En fin, mi doctora actual, paciente como siempre, me hizo la prueba sin problemas.

Así que, con el tic de nuestros dos embriones fuertes como un roble y con el tic de la prueba de transfer hecha, me despatarré tranquilamente en el potro sonriendo para recibir a mis pequeños. Desde el principio me pareció que la enfermera que hacía la eco para guiar a la doctora no se veía muy ducha en el asunto, pero con el paso de los (segundos? minutos?) todos nos íbamos poniendo más nerviosos porque los embris ya llevaban en la cánula un rato y la doctora no conseguía ver bien dónde depositarlos. En mi cabeza resonaba el estudio según el cual el éxito de una transferencia disminuye con el tiempo que dura y me daban ganas de quitarle el ecógrafo a la enfermera hasta que, un poco en plan aquí te pillo aquí te mato, la doctora dijo: “Ahí van!!” Bien, respiré, ya están conmigo.

Pero se ve que mi doctora no quedó tan conforme y nos dijo que quería seguir con el ecógrafo para asegurarse de que los había puesto en el sitio correcto. Que, queeeeeeeé??? Ni que tuviera vuelta atrás el asunto…Os podéis imaginar, tembleque de piernas, corazón a mil y pensando que me habían puesto los embrís en un riñón.

Cuando la doctora terminó de hacer sus verificaciones y salió de la sala, mi chico me miró y me dijo: “Por favor, por favor, todo ha ido bien, dime que todo ha ido bien.” Pero yo no podía decir nada y no podía imaginar empezar así la larga betaespera. Así que en cuanto volvió la doctora le pedí que fuera sincera y nos contara qué había pasado. Según nos dijo, no había visto con la claridad que le habría gustado, pero creía que, en definitiva, había ido bien. Según había comprobado la cánula no tenía sangre ni moco (esto sería síntoma de que habría llegado a tocar la pared del útero provocando contracciones perjudiciales para la implantación). Remató con un: “Yo creo que te embarazarás porque los embriones están bien”. Y sinceramente, ya no quise preguntar más porque exactamente eso es lo que yo necesitaba escuchar para afrontar las dos semanas que nos esperaban.

A partir de ahí, la clásica betaespera, montaña rusa de sensaciones en las que se pasa de “ni de coña estoy embarazada” a “y si estoy embarazada?” tan rápido como el pinchacito cambia de la zona de la pelvis a la zona de los riñones (en mi cabeza pelvis = MAL y riñones = BIEN, muy científico, ya se sabe). Y así vamos y venimos con una mochila cargadita de miedo que hace que no tenga ni pajolera gana de que llegue el viernes y me tenga que hacer la beta. Elijo quedarme en este limbo de esperanza razonablemente tranquila.

Pero en este limbo quiero hacer una reflexión. ¿Por qué se empeña todo el mundo en que esté optimista y en que no tenga miedo?

El otro día me llamó una amiga y cuando le dije que estaba cagada me respondió:

“¿Por qué, mujer? No seas así…¿Por qué piensas que puede que no haya ido bien?”

Coño, porque puede que no haya ido bien!!! Porque conozco las probabilidades y, de hecho, los números, ahora mismo, no están muy a mi favor! Pero nada, se supone que tenemos que ser almas optimistas e ingenuas que olvidan todas las experiencias negativas anteriores y afrontan cada intento como si fuera el primero.

Por otra parte, mi madre me dice que está muy orgullosa de que esté llevando esta betaespera “tan bien” como me ve. En primer lugar, bien bien, en betaespera, no se está nunca. Pero, en segundo lugar, ya basta de cargar a la gente con responsabilidades que no debería tener. Este proceso es muy jodido y bastante tengo con sobrellevarlo, COMO SEA. No necesito que nadie ponga nota a cómo lo afronto y que tilden de negativos sentimientos tan naturales y lógicos como el miedo, el enfado y la pena pero me den una zanahoria cuando me ven sonreír o hacer planes como si nada. Entendedme, sé que no hay mala fé detrás de estos comentarios. Es algo que nos pasa a todos, preferimos ver al de enfrente feliz o por lo menos que no nos cargue con sus problemas. Pero, en mi opinión, estos comentarios, lejos de consolar a los que lo estamos pasando mal, nos hacen sentir débiles, inapropiados y solos. Reivindico mi miedo, ¿cómo no tenerlo después de todo? Es un miedo que no me incapacita, avanzo a pesar de él, con él de la mano. Un miedo que nos hace humanos y nos hace aún más valientes.

Luchemos por lo que queremos, luchemos a muerte, pero reconozcamos el miedo. Es natural.

Os dejo una charla TED que explica perfectamente el daño que hace la dictadura de las emociones positivas.

Repetidora

Veo que la última vez que escribí en el blog fue en Agosto…y ahí, ilusa de mí, creía que programaríamos la transferencia para Noviembre. Pues aquí estamos plantados en 2019 y con estos pelos.

Primero fue el test ERA. El resultado, contra todo pronóstico, fue que mi ventana de implantación estaba desplazada, tras 5 días de progesterona mi endometrio estaba PreReceptivo. Y esto a pesar de que nuestro embarazo de Supercampembri fue después de 4 días de progesterona. Pues bien, para averiguar cuando estaba receptivo mi endometrio era necesario repetir la prueba con seis días de progesterona. Otra preparación con estrógenos y P4, otros mil euritos y otra biopsia para confirmar, ahora sí, que necesito 6 días de progesterona.

Ya solo quedaba preparar endometrio para la transferencia como habíamos hecho en dos ocasiones con Juana con estrógenos via vaginal. Tras unos cuantos días y un endometrio aún muy fino mi estradiol estaba ni mas ni menos en 3000 pg/ml. Casi nada! Yo que en una estimulación no he pasado nunca de 2000 pg/ml, que celebraba cada poquito de estradiol con confetti, me encontraba ahora temiendo que este exceso de hormona en ciclo sustituido no fuera bueno. Efectivamente me puse a investigar y encontré al menos 3 publicaciones que mostraban una bajada importante en la tasa de éxito con valores de estradiol por encima de 1000 pg/ml en ciclo sustituido. Total, que de nuevo domingo bombardeando de correos a mi doctora que, paciente, me llamó el lunes a primerísima hora ya que ese día yo debía coger el tren a Barcelona para ponerme la primera dosis de intralípidos. Ella no veía motivos para cancelar pero reconocía que el valor era anormalmente alto. Así que, con lo que cuesta conseguir un embrión, decidimos intentar darle una casita mejor. Otra regla, otro billete a Barcelona perdido, otros planes cambiados.

Y de nuevo, volvemos a intentarlo. Esta vez con parches y una dosis bajita y…ahora mi estradiol está anormalmente bajo. Hemos subido dosis y a ver si reacciona porque, la verdad, creo que ya está bien. No creo que haya nadie y, por favor, si lo hay que contacte conmigo y nos consolamos mutuamente, que vaya más lento que yo. Hace un año y medio de la última transferencia y aquí seguimos, sin haber parado pero sin haber llegado a hacer si quiera el intento.

El tiempo se acumula, hace mucha mella. Hace tiempo que ya hacía tiempo que llevábamos mucho tiempo en tratamiento. Pero en mitad de este cansancio, no se si como instinto de supervivencia, asoma de vez en cuando por mi mente  un pensamiento…¿Y si esta vez sí? ¿Y si la próxima sí soy yo? ¿Y si crece esta vez mi tripa? ¿Y si salimos de las ecografías felices? ¿Y si mi chico está en un quirófano con bata y gorros verdes con un bebé en brazos?¿Y si nos convertimos en papis? Lejano como parece suena a la vez taaaan guay.